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Una comunidad de vecinos okupa, en el histórico campo de Carabanchel: «Estamos empadronados»

La historia de Mario es la historia del primer bebé que nacerá en el antiguo campo de fútbol del Puerta Bonita. No es su nombre real, pues nadie, de entre las siete familias que viven de forma okupa en la confluencia de las calles del General Ricardos y Oca (Carabanchel), quiere que lo señalen en el barrio. Su padre, un joven de 20 años que tiempo atrás perdió su trabajo en Amazon, explica razonadamente los motivos: «Llevamos casi dos años aquí. Estamos empadronados y los niños van a la escuela. No tenemos dónde ir. ¿Crees que si pudiera no me iría con mi familia a un piso?». Hace dos meses, las protestas de los vecinos de la zona alcanzaron el foco mediático, hasta el punto de verse obligados a poner unos tablones en las rejillas de la valla para que no grabaran su intimidad.

Confiesan sentirse decepcionados tras la aparición de una serie de reportajes en televisión: «Les abrimos las puertas de nuestras casas y nos engañaron». Ahora, pasada la tempestad, tienen miedo de que el «ruido» vuelva a instalarse en el campo. Al menos, en lo que queda de él. Bautizado durante décadas como El Hogar del Generalísimo Franco -hasta que murió el dictador y pasó a llamarse solamente El Hogar-, este humilde recinto acogió los partidos de local del Puerta Bonita desde su fundación, en 1942, hasta que el club se trasladó en 2007 al remodelado estadio Antiguo Canódromo de Carabanchel.

Desde entonces, el rectángulo de juego, de tierra y con una capacidad en torno a las mil personas de pie, sin graderío, permanece a la sombra de un vecindario que observa con tristeza su deterioro. «Es una pena que esté cerrado y no se aproveche para que jueguen los chavales», comenta un joven, sin querer cargar la culpa sobre los okupas: «Ellos no son el problema».

El origen de esta «comunidad», instalada en lo que antiguamente era el bar, los vestuarios y las oficinas del Puerta Bonita, se remonta a los tiempos en que Ángel era el encargado de cuidar las instalaciones. «A través de una asociación multicultural, de la que yo soy el presidente, pagábamos por el alquiler del bar, primero en el viejo estadio y después en el nuevo», relata este paraguayo a través del teléfono.

Sin embargo, según cuenta, la desaparición del club en septiembre de 2016 por una deuda de 30.000 euros provocó el cierre repentino: «Habíamos abonado ya los 13.000 euros del año y solo llevábamos dos meses». Fue entonces cuando tomó la determinación de okupar el local del viejo Hogar. Acompañado de su mujer e hijos, acondicionaron el espacio para su uso habitacional. La voz se corrió en el barrio y hasta allí llegaron otras familias de etnia gitana que hicieron lo propio en el resto de estancias. En total, una quincena de personas, de la que cerca de la mitad son niños, conforman un «patio vecinal» que lucha cada día por salir adelante.

«No somos violentos»

«Es verdad que esto no es nuestro, pero aquí hemos invertido todos los ahorros para tener una vivienda digna», explica una mujer, madre de tres hijos, cansada de estar siempre en el ojo del huracán: «No somos gente violenta y tampoco trapicheamos con droga como se ha dicho». Lo cierto es que los servicios sociales del Ayuntamiento acudieron para comprobar las condiciones de salubridad y, en palabras de los moradores, «dieron el visto bueno». «Estamos empadronados en esta dirección, como cualquier persona que tiene su casa», apuntan.

Al otro lado de la valla, algunos vecinos de la barriada se quejan del ruido que generan: «Un día, por ejemplo, se juntaron cien personas con los coches dentro». Pese a todo, la tranquilidad en el estadioes la tónica imperante. «Tenemos una furgoneta parada desde hace tiempo porque está averiada. Los otros coches los utilizamos para cargar muebles o restos de materiales rotos y poder sacarlos», sostienen, al tiempo que abren la parte trasera de uno de los vehículos.

Mientras el tiempo pasa sin pena ni gloria para el histórico campo de Carabanchel, sus últimos inquilinos se afanan en evitar que el enclave se convierta en refugio de grafiteros y otros problemas. «El otro día tuvimos que echar a un grupo de chavales que se metió a pintar», advierte uno de ellos. Aunque son conscientes de la precariedad de su situación, no están dispuestos a que nada ni nadie ponga fin al fortín del Puerta Bonita. Su hogar

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